A las cinco de la mañana tenía a tres policías apunto de derribar la puerta de mi depa. No fueron amables conmigo. Yo tampoco lo fui con ellos. Me esposaron y me llevaron a la dependencia entre insultos, empujones y algunos manoseos que aborrecí. Sin embargo, traté de hacerle caso a Apolo y guardé silencio al llegar a la comisaría; aunque inmediatamente me di cuenta de que eso no me iba a servir de nada.
El interrogatorio reveló mi gran error. Confié. Imaginé que Apolo quería ayudarme desinteresadamente. ¿Por qué mierda lo hice? ¿En qué cuento de hadas estabas creyendo, Sofía?
Las cosas ocurrieron así: para comenzar, la denuncia fue idea de Apolo. Fue su coartada para conseguir su libertad. Luego, y gracias a su habilidad como detective, logró contactar a mis padrastros desde la cárcel y les habló de dinero. Les ofreció repartir la fortuna de la tía ramera si venían a apoyar su acusación. Y así ocurrió. De pronto, él estaba libre y yo empecé a ser investigada por la policía. Pero ahí no acabó todo. Apolo se adelantó a las averiguaciones. ¿Por qué nunca me pregunté cómo llegó a mi depa a entregarme la carta? Esa era la clave. Él seguía mis pasos, sabía qué hacía, sabía con quién andaba. Sabía de Henry. Sabía que él estaba desaparecido. Y sabía, también, que podía denunciarme como sospechosa de aquella desaparición.
¿Apolo trabajando como monigote para periodistas? Cómo pude ser tan imbécil.
Cuando Apolo partió de mi depa no echó el cadáver al río. No. Eso fue lo que quise creer yo. Él tenía todo planeado fríamente; desde los guantes que usó para no dejar rastro, hasta la maleta que se llevó plagada de mis huellas digitales. Apolo entregó el cuerpo de Henry a la policía y con ello consiguió las pruebas suficientes para que me arrestaran ya no por uno, sino por dos crímenes que juntos me aprisionarían quince años tras las rejas.
El veredicto fue fácil. Maté a mi tiastra por dinero. Mis cuentas indicaban que tras la muerte de la tía ramera, me escapé y me convertí en una derrochadora de su fortuna. Había cuatro testigos que confirmaron la hipótesis: Apolo, mis padrastros y Javier (a quien Apolo contrató para mentir). Por otro lado, en un arranque de histerismo había matado a Henry. La casera dio cuenta de que éramos novios y que discutíamos mucho. Y para respaldar la acusación, la policía llevó muestras de las huellas en la maleta, en el cadáver y en la pala que usé para enterrar y desenterrar el cuerpo.
Mi suerte siempre estuvo echada.
Mis padrastros reclamaron el dinero que les correspondía por ley y luego regresaron al África. Apolo sacó su tajada y también se largó mientras yo era arrastrada a una prisión de seguridad media para criminales comunes, donde compartiría la celda con una mujer que había matado a sus vecinos porque eran muy ruidosos.
Sin embargo, el destino dio un giro. A un mes del juicio, y mientras me acostumbraba a ser lo más silenciosa que podía para no ser asesinada por mi compañera de jaula (así le decíamos), un conocido abogado se interesó por mi expediente y me hizo una visita sorpresa.
-No sabías quién era Apolo ¿Verdad?
Yo no contesté.
-Vive acostándose con mujeres ricas, las mata y luego se queda con su dinero.
Tampoco contesté.
-Nunca se le ha podido probar nada. Es el eterno sospechoso: siete veces viudo, cuatro veces en la cárcel y ni un testigo que no declare a su favor. Es una sanguijuela.
Entonces sonreí.
- Sanguijuela. Así me llamaban a mí. ¿Me invitas un cigarrillo?
-No admiten fumar aquí. Pero como todos me conocen y me temen, no dirán nada si lo hacemos juntos.
-Está bien.
Pitamos un rato en silencio. El humo de nuestros cigarrillos distorsionó la tenue luz de la sala mientras dos policías nos vigilaban impasibles al costado de la puerta.
-Apelemos.
-¿Para qué? A mí nadie me salva de ésta.
-Apelemos.
-Haz lo que quieras.
-Siempre lo he hecho.
Entonces, Mariano sonrió de medio lado, apagó su cigarrillo en el piso y se despidió sin mirarme.
Tengo que reconocer que Mariano fue hábil en el nuevo juicio. Si bien no consiguió liberarme, supo cubrir varios huecos que mi antiguo abogado había dejado en el aire.
Mariano empezó mostrándose complaciente ante el juez. Me declaró culpable alabando la “prudencia” con la que había actuado la corte. Luego, comentó que hacía falta precisar algunas cosas: la primera, que el “crimen” contra la tía ramera se había cometido siendo yo apenas mayor de edad; la segunda, que el “asesinato” de Henry había ocurrido en un contexto violento. Para esto, Mariano expuso con gran lucidez que la muerte de Henry se había producido al caer él desde la ventana de mi departamento y que, dadas las condiciones físicas de “la víctima”, no era probable que yo lo haya empujado deliberadamente. Entonces, Mariano propuso sutilmente considerar lo sucedido como un acto de defensa propia. Fueron tan sólidos los argumentos de Mariano y tan emotiva su exposición, que el juez se apiadó y decidió recortar mi sentencia a sólo cinco años.
Yo no sabía si alegrarme. Definitivamente, el mío era un juicio que estaba perdido desde que empezó. Por otro lado, Mariano, fiel a su ego, lo tomó como un triunfo e incluso se aplaudió a sí mismo tras el veredicto. Una mierda, como siempre.
-Nada personal, Sofía. Desde hace tiempo quiero meter preso a ese hijo de puta y me entretengo deshaciendo sus fechorías. Es un hobby –me dijo mientras recogía sus papeles.
Dos policías se acercaron a pedirme permiso para “escoltarme” a mi jaula. ¿Tenía que dárselo? Entonces, Mariano cerró su portafolio y caminó airoso hasta la puerta de la salida. Y esa fue la última vez que lo vi. Desapareció como todas las personas con las que alguna vez tuve contacto.


